La salvación de lo bello

 

Vuelvo de nuevo a Byung-Chul Han. La salvación de lo bello es uno de sus pocos libros que todavía no he leído. Recomiendo su lectura -o la de cualquier otro-, sobre todo ahora que se acerca la Navidad y se hace especialmente necesario huir de su “exceso de positividad”…
Sus libros son piezas elaboradas con esmero y concisión como quien traza un círculo de una sola pincelada. En las antípodas de la autoayuda, y en sintonía con la tradición zen, trata de interrumpir lo positivo -el pensamiento positivo- que colapsa hoy nuestras sociedades neoliberales embarrancadas en la (auto)explotación sin límite, generadoras de las llamadas hoy “enfermedades de la normalidad”: depresión, fibromialgia, síndrome de fatiga crónica…
Recuperar lo negativo -el vacío, que como un koan estalla silencioso en uno mismo-, negado y expulsado de nuestras culturas occidentales y occidentalizadas, no solo es algo recomendable sino de imperiosa necesidad.

 

han“Lo pulido, lo liso, lo impecable, son la seña de identidad de nuestra época. Son lo que tienen en común las esculturas de Jeff Koons, los smartphones y la depilación. Estas cualidades ponen en evidencia el actual “exceso de positividad” del que habla Han en otros ensayos, pero que aquí enfoca y desarrolla en el campo del arte y de la estética.
¿Por qué hoy en día gusta tanto “lo pulido”? —se pregunta Han. Porque no daña, no ofrece resistencia. Lo bello digital constituye un espacio pulido y liso de lo igual, un espacio que no tolera ninguna extrañeza, ninguna alteridad, ninguna negatividad.
Lo bello natural se ha atrofiado en lo liso y pulido de lo bello digital. Hoy nos hallamos en una crisis de lo bello en tanto que se lo satina, convirtiéndolo en objeto del «me gusta», en algo arbitrario y placentero, que se mide por su inmediatez y su valor de uso y de consumo.
Pero sin la negatividad del quiebre de lo otro, queda obturado el acceso a lo bello natural y anulada la distancia contemplativa. La belleza es rezagada. No es un brillo momentáneo, sino que alumbra en silencio, y a través de rodeos. A la belleza no se la encuentra en un contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento”.

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Lo fantástico

 

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Si buscas la palabra “fantasía” en Google, las tres primeras entradas son de Wikipedia. La primera es “Fantasía (película)”. La segunda “Fantasía” es una  aproximación terminológica desde la psicología. Y en tercero y último lugar aparece como “Género fantástico”. Este orden –arbitrario como cualquier otro  orden– en el que una película de Walt Disney suplanta al propio significante –y sus múltiples significados– y a toda una tradición literaria –que acompaña a ese término– es sintomático y pone en evidencia la realidad “fantástica” en la que vivimos a principios del siglo XXI.

En lo que nos atañe, el género fantástico, las cosas también andan enredadas. Fantasía épica, fantasía histórica, heroica, urbana, oscura, ciencia ficción fantástica, space opera, biopunk, steampunk, retrofuturismo, distopía, ucronía, manga… En la actualidad lo fantástico anda disperso por doquier en  diferentes géneros y subgéneros reproducidos ad infinitum.

Lejos del irresistible impulso a la definición y a la tendencia clasificatoria, sería interesante pensar lo fantástico como una fuerza, una pulsión, tal vez un giro. Lo fantástico como exploración o indagación del alma humana. De su luz y su oscuridad, de sus dudas y sus certezas, de sus verdades y sus mentiras. De un juego de fuerzas que constituye su naturaleza siempre en tensión. El Bien y el Mal, el Ying y el Yang, Eros y Thanatos, lo masculino y lo femenino. Tanto las religiones primitivas como las corrientes psicoanalíticas recogen y cultivan esa tensión irresoluble. Esa discordia arcaica. La guerra de los mundos.

En novelas, comics, cine, fanzines, anime, videojuegos, etc… lo fantástico no solo es entretenimiento de masas –un mainstream, como lo llaman ahora–, sino que encarna una tendencia también muy mayoritaria: la de fugarse.

Lo fantástico es huida en estado puro, huida de la realidad establecida, del orden impuesto, de la lógica del universo. De la relación inacabada con el “mundo exterior”, se abre a una experiencia de desmesura, de exceso, de anonadamiento.  El yo frente al infinito. El yo que se agrieta por la oscuridad y el vacío del universo al mismo tiempo que el vacío –que está en mí y es absolutamente extraño– adquiere conciencia de sí en las cenizas en las que queda arrasado el yo. Es una relación negativa. Una experiencia potencialmente extática. Viaje al espacio cósmico y al mismo tiempo al abismo interior. De esa relación inequívoca e infinita con el abismo surgen preguntas como heridas abiertas. Qué somos, de dónde venimos, adónde vamos, qué peligros u obstáculos nos esperan. Lo fantástico es una meditación sobre el infinito y nuestra imposible relación con él. Viaje al centro de la tierra, Viaje a la luna, El increíble hombre menguante, 2001 Odisea del espacio

Muchas serían las referencias desde el cine fantástico y de ciencia-ficción de este viaje infinito –íntimo y cósmico– que en última instancia gravita sobre una pregunta fundamental: ¿Qué es la realidad?

Lo fantástico abre a la posibilidad cuántica del multiverso. A la loca y plausible idea de que hay muchos universos, mundos paralelos, vivencias temporales diferentes –una obviedad para la ciencia del siglo XX: Einstein, Eisenberg, Schrödinger o Prigogine–, y de que en definitiva la realidad en sí no existe más que como construcción social –no solo susceptible de ser modificada sino ya en permanente transformación–,  debajo de la cual se mueve lo real que, como diría Lacan, ni se sabe lo que es.

Por su simbólica relación extática con el universo, lo fantástico  es un género especulativo y experimental. Lo fantástico ritualiza el salto al vacío que toda experiencia límite de lo real supone, poniendo en escena el juego simbólico del mundo en el que se manifiesta el drama humano.

 

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La literatura fantástica integra y pone en órbita estos conflictos. Atenta contra todo principio hegemónico y toda lógica universalista. Declara la guerra al sentido común –en muchas ocasiones capturado y construido desde el miedo y la incertidumbre que se traduce en sumisión al poder establecido–. Subvertir la lógica dominante y las categorías del pensamiento, dislocar las dimensiones espaciotemporales, es lo a lo que se arriesga lo fantástico en aras de la posibilidad de la transformación. De la metamorfosis, por activa o por pasiva.

Alicia menguando para entrar por una pequeña puerta en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Caroll. Gulliver que después de un naufragio despierta atado y hecho prisionero por los diminutos habitantes de la isla de Liliput en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.  Scott Carey que, mientras disfrutaba de un agradable día en un barco prestado, es cubierto por  una niebla radiactiva que lo hará empequeñecer ad infinitum en El increíble hombre menguante de Richard Matheson. O lo fantástico como tránsito al lado oscuro cuya alteridad fascina y repulsa al mismo tiempo.  Gregorio Samsa convertido de la noche al día en un escarabajo en La metamorfosis de Kafka. Seth Brundle en un hombre-mosca por una de sus fallidas teletransportaciones instantáneas en La mosca, de David Cronenberg. O Peter Parker en un hombre con poderes arácnidos mordido por una araña modificada genéticamente en Spiderman.

Tal ruptura de la realidad cotidiana no es solo un truco de efectos especiales sino una puesta en juego de los principios lógicos sobre la que se fundamenta. No es tanto el qué sino el cómo. En este espacio se juega la ética de lo fantástico.  Porque muchas veces “cómo miramos” es lo que está en juego. “Cómo miramos” al otro: qué relación establece el yo con el otro.  Y no solo la relación que el yo establece con el otro sino con el otro que hay en uno  mismo. ¿Quién soy yo? ¿Doctor Jeckyll o Mr. Hyde, Clark Kent o Superman, Norman Bates o Su madre?  La existencia del otro que lo convierte de repente no solo en un extraño sino en una amenaza, incluso en un enemigo.  El zombi,  el vampiro,  el replicante. Grande o pequeño, seductor o repugnante, es un monstruo. El otro creado por un yo todopoderoso (Frankenstein, Robocop, Nexus 6). El otro como una gran bestia destructiva (King Kong, Godzilla, El Increíble Hulk).

La emergencia del otro que soy yo –Yo es otro, decía Rimbaud– pone de manifiesto lo artificioso y la impostura de toda normalidad, el código de conductas que impone la Normalidad de la ley o la Ley de la normalidad. Lo anormal –o paranormal– como estigma y/o potencia. Los que se salen de la normalidad establecida como aquellos que pueden transformarse en otro. Los niños, los locos, los borrachos, los freaks. Las anomalías, capaces de ser cualquier cosa, se mueven libremente por el mundo de las sombras. Vuelan, sufren, conspiran. Condenados a ser libres e inmortales. La galería de fantasmas y monstruos es amplia y generosa.    Drácula, Nosferatu, El hombre lobo… 

Personajes extraños que habitan en el territorio de la ambigüedad, en el límite entre la vida y la muerte, lo real y lo irreal, la luz y la oscuridad. “Me convertí en otro para poder seguir siendo yo mismo” escribe Jorge Semprun en La escritura o la vida, que narra su cautiverio en Mauthausen entre 1944 y 1945.

 

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Lo fantástico se manifiesta en toda la literatura como lo distinto inasimilable, la anomalía salvaje, la parte maldita. En este espacio, como se decía anteriormente, se juega la ética de lo fantástico: la posibilidad de una posición, una perspectiva,  un compromiso. La ficción fantástica es una lucha iconoclasta contra el imperio de la Imagen. La irrupción de un mundo paralelo que conecta con lo irrepresentable, salvaguarda lo imposible: dominio indomable donde centellea el corazón en las tinieblas. 

La literatura deforma la realidad –que en sí no es una nada, o es una nada en potencia–. La literatura danza como títere sin cabeza la zozobra. La literatura la maneja, la envuelve y  la devuelve.

La ficción hace ver que todo es ficción. Pone de manifiesto el carácter discursivo e ilusorio de la propia realidad. La desenmascara. La ficción es lo real moviéndose, aleteando, libremente. La representación de las sombras que mueven el mundo. Carnaval, baile de máscaras, teatro de marionetas. “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, se dice en La tempestad de Shakespeare.

Lo fantástico es un espejo deformado que se le pone al poder para cuestionarlo o directamente destruirlo. Es subversivo. Transgrede las normas de la realidad. Hace caer las máscaras. En el abismo, donde habitan los monstruos, hace experiencia de la intemperie, del miedo, de nuestra relación existencial con el miedo. Como en La caída de la casa Usher, de E.A. Poe, o en Otra vuelta de tuerca de Henry James. O en series clásicas de la Tv como The Twilight Zone, Historias para no dormir y actuales como Black mirror o Mr. Robot, que rompen con el sentido común en tanto que construcción biopolítica.  Hacen ver que el Rey está desnudo, y que el poder es una cáscara vacía. 

“Literatura fantástica” es un pleonasmo. Toda literatura es a fin de cuentas fantástica. Un juego muy serio que pone en juego las fuerzas de la vida. Lo fantástico es un ritual, un hechizo, una celebración. Lo que sobrepasa al mundo ordinario como su propia dimensión ilimitada que explora las fuerzas oscuras que habitan en nosotros. Su corazón es la extrañeza. Su naturaleza, fantasmal. ¿Qué es leer sino invocar a los espíritus?

Lo fantástico conecta con lo extraordinario para dar cuenta de que hay algo que nos comunica, nos relaciona, un hilo invisible, fuera o más allá de toda representación oficial –parasitada a posteriori por todo medio de comunicación y mercado cultural–. Es en la posibilidad ilimitada de la libertad, en la oportunidad abierta, donde se comunica el yo con lo otro, donde puede darse la relación entre yo y el otro.

Por mucho que a posteriori el mercado cultural asimile de forma compulsiva todo lo que manifieste interés o amenaza –sin dejar que nada exista fuera de él–, lo fantástico subvierte la cultura oficial. Habita en un submundo o inframundo. La hora de las brujas. Cultura del subsuelo, underground, pulp. Cultura como contracultura, voz y grito. Para hacer emerger aquello que está dentro de nosotros: nuestro deseo de estar juntos. Lo fantástico en última instancia es la constatación de que estamos vivos y podemos ser cualquier cosa. De que tú y yo finalmente existimos.

Crónicas del Oscuro Porvenir

 

Calles desiertas, el invierno que se avecina, toque de queda…

Se acerca una nueva Edad de Hielo. En el frío glacial de los nuevos tiempos, el Estado de excepción se ha convertido en norma. Quedan confiscados todos tus derechos hasta nuevo aviso. Este es el escenario de fondo de Crónicas del Oscuro Porvenir (COP), un futuro distópico en el que el desierto avanza y se profundiza sin cesar. “El desierto es el progresivo despoblamiento del mundo. La costumbre que hemos adquirido de vivir como si no estuviéramos en el mundo.ciberpunk1 El desierto se encuentra tanto en la precarización continua, masiva y programada de las poblaciones, como en los barrios residenciales de clase alta, ahí donde la angustia consiste justamente en el hecho de que nadie parece sentirla”. (Tiqqun, Llamamiento y otros fogonazos).

Crónicas del Oscuro Porvenir entronca con una larga tradición de literatura distópica: los paisajes desolados de J.G. Ballard, las profecías poéticas de Ray Bradbury o la paranoia visionaria de Philip K. Dyck. Más allá de la triada moderna de Orwell, Huxley o Zamiatin, Crónicas del Oscuro Porvenir se vincula más bien con las distopías postindustriales y conspiranoicas del ciberpunk. El neofascismo de las nuevas formas de control. La cibernética y la robótica al servicio de programas de ingeniera social. La mutación antropológica en posthumanos y las modificaciones corporales del ciborg. El advenimiento de una revolución genética que transformará el mapa de la vida…  Estamos a las puertas de una nueva era. Es el acta de defunción de la vida tal cual la entendíamos, el futuro sin futuro de Crónicas del Oscuro Porvenir: vidas medicalizadas, sociedades crepusculares, sentimiento póstumo… no futureNo future, el grito punk de los sesenta, es hoy la verdad más obvia de nuestros tiempos: el progresivo desmantelamiento de las conquistas sociales, el ocaso del  Estado del bienestar, el nuevo reajuste social y económico sobre las ruinas del Estado moderno cuyo estruendo que provoca su hundimiento es apenas audible en el hilo musical del gran supermercado del mundo.

Crónicas del Oscuro Porvenir son doce relatos de carácter especulativo. Doce crónicas de anticipación desde la política-ficción. Doce miradas desde distintos lugares del panóptico para hacer más visible la ficción del mundo global en el que estamos atrapados. J.G. Ballard ya lo intuía a principios de los años setenta del siglo pasado. “Vivimos en un mundo gobernado por las ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y la Crash Ballardconfrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada de la pantalla de TV, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”, escribía en el prólogo de Crash, su novela más conocida publicada en 1973.

Partiendo de la premisa ballardiana, Crónicas del Oscuro Porvernir se plantea en cada relato una hipótesis extrema. ¿Qué pasaría si un progresivo ruido de fondo se apropiase del mundo haciendo imposible comunicarse, pensar, vivir? ¿Y si los nuevos avances en genética nos prometiesen una vida media de 120 años a cambio de trabajar más de sesenta antes de jubilarnos? ¿Y si la muerte fuera el fin de la vida pero no de tu historial laboral? ¿Qué pasaría si una nueva lengua global nos obligara a renunciar al saber, a los recuerdos, a la historia, bajo la amenaza de la exclusión  social? bcn ufos.jpg¿Qué pasaría si los Estados “democráticos” empezasen a adoptar inquietantes tendencias fascistas y emergiese una revuelta para crear una nueva sociedad? ¿Y si una civilización entera viviera bajo tierra por una incierta ley de excepción ante una ambigua amenaza extraterrestre? ¿Y si la Tierra se convirtiese en  un mal negocio y  políticos, empresarios y altos cargos iniciaran una colonización de la Luna para instalarse? En definitiva, ¿qué pasaría si de esta pesadilla en la que estamos metidos no pudiéramos despertar  nunca?

Crónicas del Oscuro Porvenir se sumerge en la pesadilla de estos tiempos distópicos abismándose en el lado oscuro de nuestra civilización. kingmob2Da voz a ese rumor de fondo que viene de la oscuridad de los siglos para encender la noche. La noche de los desposeídos, de los disidentes, de los que han perdido toda esperanza, de los que ya no tienen nada que perder. “Un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro”, decía Kafka. Crónicas del Oscuro Porvenir es la crónica de una subversión de millones de mentes bajo el escenario futurista y decadente de la Gran Ciudad.

Minorías

(Texto que publiqué en marzo de este mismo año sobre el origen de Barcelona Minority World en relación a la marca Barcelona, y que estos días me parece pertinente repensar.)  

 

“¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles”. Escribe Italo Calvino en el prólogo de Las ciudades invisibles.

¿Qué es hoy Barcelona para nosotros? ¿Un macrocomplejo de ocio y cultura para la (auto)explotación turística? ¿Un generador de espacio público y plusvalías para bancos, fondos de inversión, inmobiliarias? Abierta, cosmopolita y multicultural, Barcelona da ejemplo y lecciones de civismo. Fabrica cultura y diseña tendencias. Goza de carisma colectivo y gusta de montar coreografías, de hacer equipo, de fer la feina ben feta. Formamos parte de un gran club super3 donde fingimos ser lo que somos. Todo desde la humildad que otorga la superioridad moral. La marca Barcelona, ya se sabe. La millor botiga del món.

Una ciudad en la que se echa a la gente de su casa. Donde se prefiere alquilar el piso al turista de turno que a tu vecino de siempre. Donde acabar con un barrio significa arrancar de cuajo un tejido de relaciones y lugares, palabras, deseos y recuerdos. Para hacer de todos los lugares un no-lugar. Donde pueda venir Woody Allen o cualquiera imbécil y tomar la ciudad entera como plató o rodar anuncios de madrugada en helicóptero. Donde se castiga la venta ambulante pero “puedes bailar en la calle”, “beber sangría” y “vivir la  vida” según canta un pipiolo inglés. Donde, con un poco suerte, sobrevivirás.

Distopia barceloninaBarcelona Minority World parte de esa sensación de ser una minoría en extinción. Todos recordamos la esperpéntica y futbolera disputa entre Barcelona y Madrid por Eurovegas, el macrocomplejo de ocio y juego que el empresario multimillonario estadounidense Sheldon Adelson ofrecía a un país hundido en la crisis a cambio de ciertas condiciones y privilegios fiscales. Adelson voló, como ya es sabido. Pero su interés inspiró otro proyecto faraónico igual de delirante, Barcelona World, entre Vilaseca y Salou, todavía en standby.

De ese momento surrealista a lo Bienvenido Mr. Marshall brotó el germen de la novela; la idea de unas minorías que fagocitasen el centro urbano de una ciudad dividida en sectores y de acceso controlado por checkpoints, con figurantes en traje folklórico al servicio del público asistente. Castellers y pubillasgossos d´atura y copitos de nieve dando la bienvenida a Barcelona Minority World, visitado a diario por hordas, uno de los parques temáticos más rentables y renombrados del ranking europeo de minorías, con montañas rusas, parques acuáticos,  pistas de hielo, casinos y pornoshows.

Sobre esta Barcelona futurista y decadente, deslumbrante y apocalíptica, pululan los  personajes de la novela buscándose la vida en una ciudad que los escupe a un futuro inexistente, un pasado arrasado en cenizas y un presente a punto de estallar. Una ciudad invivible de la que, como dice Calvino, tal vez emerja un día la ciudad invisible que habita en nuestros corazones. Para que sepamos que no estamos solos, que no somos minoría y que todo es posible. Incluso lo imposible.

Multiverso

 

Empecé a escribir Barcelona Minority World a finales del 2012, un año después del 15 M y de la mayoría absoluta del PP. Tras las elecciones generales se aprobaría la reforma laboral, seguirían los desahucios masivos y saldrían a la luz múltiples casos de corrupción estructural y generalizada. Un montón de mierda brotando a borbotones de las cloacas de este país. Cuatro años después, el PP ganaría de nuevo las elecciones generales.

¿Vivimos en mundos propios? ¿Habitamos todos la misma realidad? ¿En qué plano del multiverso se encuentra el votante del PP? En esta época extraña que nos ha tocado vivir en la que el multiverso es tendencia –con series como Stranger Things, novelas como 1Q84 o películas como Interestellar–, la ciencia ficción está de moda.  Es mainstream. Pero hoy más que nunca escribir una distopía resulta poco recomendable y hasta cómico. El fin del mundo se ha instalado cómodamente en nuestra salita de estar y come palomitas viendo la tele con nosotros.

Barcelona Minority World se arriesga a ser efectivamente una inofensiva fantasía apocalíptica en comparación con estos tiempos oscuros en los que la realidad avanza inexorable como una apisonadora. El apogeo turístico, la especulación inmobiliaria, la precariedad generalizada, el estado de shock permanente a golpe de telediario… El show diario rivaliza con la hard fiction. Sedientos de nuestras dosis diarias de indignación, asistimos a la carnaza de los grandes desastres y los grandes acontecimientos instalados en una tranquila desesperación. Todo lo sólido se desvanece en vivo y en directo. J.G. Ballard empezó escribiendo distopías –Un mundo sumergidoLa sequía– que leíamos con avidez y morbosidad por creerlas alejadas del porvenir y acabó escribiendo novelas de tinte realista –Milenio NegroBienvenidos a Metro-Centre– que parecían sacadas del infierno cotidiano de nuestra conciencia con la irrupción del fascismo o la paranoia terrorista como telón de fondo. De la distopía futurista al psicodrama hiperrealista en cuatro décadas. El futuro nos ha alcanzado. El futuro ha llegado y era un desierto con aire acondicionado y pantallas digitales. Fronteras mentales y reales. Muros y concertinas.

Tal vez la literatura no sea más que la autopsia del desastre (no en vano, Autopsia del nuevo milenio es el título de una exposición monográfica dedicada a la obra de J.G. Ballard que programó el CCCB años atrás). “Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”, escribía Ballard en el prólogo de Crash.

BMW-portada

Salvando las distancias, Barcelona Minority World  es una distopía y una utopía a la vez porque se sitúa en un multiverso donde las cosas pueden y no pueden ser al mismo tiempo. Tal vez BMW es un retrato generacional y al mismo tiempo una postal para los que no han nacido todavía. Habla del futuro y mira al pasado. A la Barcelona que fue y no fue, y a la que será o no será. Habla de la decepción y el abandono, pero también de la fiesta y la revuelta. Habla de mundos paralelos que se salen del trayecto previsto y se cruzan,  se confunden, descarrilan. Habla del azar objetivo. De que todo acabe mal y acabe bien. De enfrentar el futuro o el no-futuro. Porque tal vez lo que haya que inventar es la realidad. La realidad en la que queremos vivir.

Hijos de la noche

 

Hijos de la noche, del filósofo Santiago López Petit, es uno de los libros que he releído constantemente estos últimos años. Un libro necesario en estos tiempos de impasse político. “El melón podrido de la transición” reflexiona sobre las consecuencias del fracaso que supuso la transición española sobre la que se cimenta nuestra actual “democracia”. De aquellos barros estos lodos. 

 

 

hijos de la nocheLa mayoría de la gente se adaptó rápidamente a la nueva situación. Muerto Franco, parecía que todos podíamos jugar ya libremente en el gran tablero. ¿No era eso la democracia? Cualquiera puede hacerse rico si es suficientemente listo. Cuidado, no confundir: “cualquiera”, no todos. Las burbujas se sucedían unas a otras y en su interior, no se estaba mal. Mi piso hipotecado, por ejemplo, subía de valor. Ganaban los de siempre, bien es verdad, pero sobre el mantel quedaban algunas migajas. Hubo muchos que, sin embargo, no se adaptaron a la nueva marca España con destino en lo universal. Por ejemplo, Pepe Martínez, exiliado y promotor de la editorial Ruedo Ibérico, que poco después de regresar puso su cabeza en el horno de la cocina para asfixiarse. En los periódicos aseguraron que no supo entender el cambio producido. Otros murieron a causa de la heroína. Otros tuvieron que poner la muerte dentro de sí para que su vida no estallara. Otros, simplemente, vivieron como extranjeros en su propio lugar de trabajo. Éramos anomalías porque sabíamos que la historia podía haber sido otra. Se nos hacía difícil seguir viviendo como si no hubiésemos visto que había otra manera de vivir. Ilusos, soñadores ¿No os dais cuenta de que no hay otra posibilidad dada la correlación de fuerzas? aseguraba el reformismo obrero. El reformismo del capital, por su parte, tenía muy clara la necesidad de introducir cambios: “Es necesaria una democracia sin exclusiones, porque los excluidos tienen fuerza para bloquear la situación” Pedro Durán Farrell (Presidente de Gas Natural). J. Mª de Areilza, ministro con Arias Navarro era aún más explícito cuando afirmaba: “(Hay que hacer algo porque) O acabamos en golpe de Estado de la derecha. O la marea revolucionaria acaba con todo.” El reformismo del capital y el reformismo obrero se casaron en la catedral bendecidos por todos los que de verdad mandan. La llave de bóveda de la transacción fue la monarquía. Seguramente a la clase trabajadora ya le estuvo bien. Sindicatos de clase, partidos de izquierda, eran instrumentos para negociar el precio de la fuerza de trabajo. En el fondo, la clase trabajadora aceptó ser un mero grupo de presión interno, un lobby con sus intereses, y fue sencillamente desarticulada cuando su antagonismo dejó de ser útil como motor del desarrollo. La historia de la transición postfranquista es muy simple: empujada por la lucha obrera, el capital se impuso a sí mismo la reforma que necesitaba, y a la vez, temía. La dictadura se transformó en “lo democrático” y nosotros, los ciudadanos, nos convertimos en piezas de la nueva maquinaria. Hasta que el desbocamiento de la propia realidad capitalista efectuó la crítica más radical que jamás hubiéramos podido soñar. Todo lo que era sólido empezó a desvanecerse en el aire. El sistema de partidos se convirtió en un perro abandonado lleno de pulgas. La monarquía en un yate perdido en alta mar a punto de zozobrar por el peso de sus mentiras. Los bancos que ya no tenían dinero empezaron a rezumar mierda. Y la pelota de balonmano lanzada por Urdangarin se transformó en un melón. Un político nacionalista fiel servidor del orden afirmó recientemente que se negaba a abrir el “melón” del debate sobre la monarquía. Tenía toda la razón. No se puede abrir un melón podrido en el que conviven políticos corruptos, empresarios estafadores, policías que torturan, y tertulianos a sueldo. No se puede regenerar, hay que tirarlo a la basura. Así es como empieza una nueva coyuntura. Esta vez no tenemos nada: ni horizontes, ni sujetos políticos… somos libres. Libres para poder inventar a partir de la fuerza del anonimato. Y los que estábamos al acecho, a pesar de los dramas diarios que se clavan en nosotros, sentimos una inmensa alegría al constatar que un mundo se derrumba”.