Hijos de la noche

 

Hijos de la noche, del filósofo Santiago López Petit, es uno de los libros que he releído constantemente estos últimos años. Un libro necesario en estos tiempos de impasse político. “El melón podrido de la transición” reflexiona sobre las consecuencias del fracaso que supuso la transición española sobre la que se cimenta nuestra actual “democracia”. De aquellos barros estos lodos. 

 

 

hijos de la nocheLa mayoría de la gente se adaptó rápidamente a la nueva situación. Muerto Franco, parecía que todos podíamos jugar ya libremente en el gran tablero. ¿No era eso la democracia? Cualquiera puede hacerse rico si es suficientemente listo. Cuidado, no confundir: “cualquiera”, no todos. Las burbujas se sucedían unas a otras y en su interior, no se estaba mal. Mi piso hipotecado, por ejemplo, subía de valor. Ganaban los de siempre, bien es verdad, pero sobre el mantel quedaban algunas migajas. Hubo muchos que, sin embargo, no se adaptaron a la nueva marca España con destino en lo universal. Por ejemplo, Pepe Martínez, exiliado y promotor de la editorial Ruedo Ibérico, que poco después de regresar puso su cabeza en el horno de la cocina para asfixiarse. En los periódicos aseguraron que no supo entender el cambio producido. Otros murieron a causa de la heroína. Otros tuvieron que poner la muerte dentro de sí para que su vida no estallara. Otros, simplemente, vivieron como extranjeros en su propio lugar de trabajo. Éramos anomalías porque sabíamos que la historia podía haber sido otra. Se nos hacía difícil seguir viviendo como si no hubiésemos visto que había otra manera de vivir. Ilusos, soñadores ¿No os dais cuenta de que no hay otra posibilidad dada la correlación de fuerzas? aseguraba el reformismo obrero. El reformismo del capital, por su parte, tenía muy clara la necesidad de introducir cambios: “Es necesaria una democracia sin exclusiones, porque los excluidos tienen fuerza para bloquear la situación” Pedro Durán Farrell (Presidente de Gas Natural). J. Mª de Areilza, ministro con Arias Navarro era aún más explícito cuando afirmaba: “(Hay que hacer algo porque) O acabamos en golpe de Estado de la derecha. O la marea revolucionaria acaba con todo.” El reformismo del capital y el reformismo obrero se casaron en la catedral bendecidos por todos los que de verdad mandan. La llave de bóveda de la transacción fue la monarquía. Seguramente a la clase trabajadora ya le estuvo bien. Sindicatos de clase, partidos de izquierda, eran instrumentos para negociar el precio de la fuerza de trabajo. En el fondo, la clase trabajadora aceptó ser un mero grupo de presión interno, un lobby con sus intereses, y fue sencillamente desarticulada cuando su antagonismo dejó de ser útil como motor del desarrollo. La historia de la transición postfranquista es muy simple: empujada por la lucha obrera, el capital se impuso a sí mismo la reforma que necesitaba, y a la vez, temía. La dictadura se transformó en “lo democrático” y nosotros, los ciudadanos, nos convertimos en piezas de la nueva maquinaria. Hasta que el desbocamiento de la propia realidad capitalista efectuó la crítica más radical que jamás hubiéramos podido soñar. Todo lo que era sólido empezó a desvanecerse en el aire. El sistema de partidos se convirtió en un perro abandonado lleno de pulgas. La monarquía en un yate perdido en alta mar a punto de zozobrar por el peso de sus mentiras. Los bancos que ya no tenían dinero empezaron a rezumar mierda. Y la pelota de balonmano lanzada por Urdangarin se transformó en un melón. Un político nacionalista fiel servidor del orden afirmó recientemente que se negaba a abrir el “melón” del debate sobre la monarquía. Tenía toda la razón. No se puede abrir un melón podrido en el que conviven políticos corruptos, empresarios estafadores, policías que torturan, y tertulianos a sueldo. No se puede regenerar, hay que tirarlo a la basura. Así es como empieza una nueva coyuntura. Esta vez no tenemos nada: ni horizontes, ni sujetos políticos… somos libres. Libres para poder inventar a partir de la fuerza del anonimato. Y los que estábamos al acecho, a pesar de los dramas diarios que se clavan en nosotros, sentimos una inmensa alegría al constatar que un mundo se derrumba”.

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Poble Sec

 

 

Me llevo la mano a la ceja. Noto el hinchazón antes que el dolor. No soy capaz de establecer canales seguros de comunicación entre mi cabeza y todo lo demás. Parece que estoy dentro y fuera al mismo tiempo. Dentro escrutando, escaneando, y fuera sin superpoderes o con los superpoderes de negación de la evidencia de un animal estabulado. Para qué la realidad si no me sé el guión, qué papel me toca jugar ni si puedo evitarlo. Ni siquiera Toxylady le puede poner banda sonora a esto… pero sí, ahí está, creo estar escuchando a Yorke. tom yorkeToxylady pinchando enfebrecida todos los temas de Kid A haciendo de mi cabeza una radio con un dial enloquecido en la que Yorke desde el limbo me dice que no tengo donde ocultarme. Yorke que me advierte que esto está pasando realmente, tiene un chichón en la cabeza y me cuenta cómo desaparecer completamente, caminando entre luces estroboscópicas y huracanes y sí, esto está sucediendo realmente y todos quieren ser esclavos y todos quieren ser amigos, y aunque Yorke está de mi lado y en el búnquer de mi cabeza tengo permiso para estar vivo todo el tiempo, vuelvo a Lorena, me aferro a Lorena para liberarme, porque se acerca la edad de hielo y no somos partidarios del terror. Ese de ahí no soy yo. No estoy aquí. En un momento habré desaparecido.

Me devuelvo a mí mismo al plano real antes de que Lorena me saque a empujones de mi abstracción. Bastante tengo ya con un chichón que aparte de dejarme la vista más nublada de lo habitual duele a rabiar.

–Y menos con las que le han compuesto ahora. No tiene ninguna gracia, es una avenida para cruzar, ni pasear ni pararte en ella – dice Lorena –, pero si tamizas en sus afluentes sacas oro. Hay un montón de sitios en los que pararte a cualquier hora del día y mucho mejor de la noche.

live-barcelona-paralelo-broadwayEstá claro que Lorena se mueve por este barrio arrastrando otro imaginario, de una bohemia más reciente sembrada de baretos modernillos, talleres de artistas, comercio alternativo de todo pelaje, ateneos y asociaciones, todo aderezado de clubbing canalla. Mi cabeza grita gentrificación bajo el chichón y tengo que revolverme para volver al plano correcto y a Lorena que me conduce dulce pero firmemente del brazo como una buena socorrista accidental.

–Te conoces bien la zona, ¿no?

–En su momento, antes de la invasión alienígena, me la pateaba a conciencia y merecía la pena. Esto estaba vivo, tenía carácter, pasaban cosas. Algunos colegas se referían a estos pagos como Shangri-la –oímos claramente una sirena proveniente del puerto, la única niebla está en uno de mis ojos así que por descarte debe de tratarse de la señal de la llegada de algún supercrucero – y está claro que la cosa va más encaminada a convertirse en Xanadú. Pronto no habrá diferencia entre el interior y el exterior del crucero.

Carrer Blai1Subimos por Nou de la rambla y antes de llegar al refugio antiaéreo 307 tomamos la peatonal y concurrida Blai. El cambio es brusco, una especie de reserva a lo Malpaís de Huxley pero plagada de bares chinos y badulaques pakis, mujeres guineanas, dominicanas y ecuatorianas con sus bebés en brazos o a la espalda o enredando entre las piernas varicosas, de cháchara amontonando cáscaras de pipas a sus pies en pleno cruce con Margarit por donde las motos pasan pitando rozadas por la pelota que chutan unos niños marroquíes de un lado a otro de la acera, mientras desde un balcón entre sábanas incívica e ilegalmente tendidas una matrona empañuelada les gorgotea a Fátima, a Ahmed y a Faiz que suban a lavarse o a comer o a hacer los deberes. Desde cualquier bocacalle del barrio afluye hasta Blai un magma humano que rezuma reaggeton, kuduro, bhangra, technorumba y raï donde antes hubo cuplé y tonadilla. Yo quiero comer algo, pero Lorena se niega a tapear en los nuevos locales de montaditos a precios exorbitantes para goce casi exclusivo de guiris pastosos. Lorena prefiere una monodieta en monodosis de zumo de cebada fermentada, así que aterrizamos en la terraza de un chino con la cerveza a un euro y las patatas bravas del último traspaso. Lorena pide dos cañas y un poco de hielo. El camarero de ojos oblicuos no entiende y Lorena le señala mi ceja. El camarero asiente inquieto y entra en el bar a grito pelado manchú. La bolsa de hielo aterriza sobre la mesa en escasos segundos y a pocos centímetros de las dos cañas, el deshielo de una y el derrame de las otras convirtiendo la mesa en el lago Baikal. La bolsa sobre la ceja prosigue su deshielo en torrenteras glaciares que sortean la cuenca del ojo y la orografía de la nariz precipitándose desde el labio superior hasta la mesa. Lorena me observa con socarronería mientras se lía un cigarrillo con la habilidad manufacturera de quien lleva haciéndolo desde los dieciséis.

–Qué tal va ese ojo…

–Sobrevivirá.

–La hinchazón no ha ido a más, eso es buena señal.

Carrer BlaiCon el ojo entrevelado veo la mano ancha de uñas mordidas de Lorena atacar la cerveza y bebérsela de un trago largo que espuma en los labios. Luego la misma mano hurga en el bolso de donde saca un mechero y enciende el cigarrillo que cuelga impaciente de su boca. Aspira hondo y el mundo es suyo, de nuevo. Lista para otra trifulca, quién sabe. El humo viaja por su interior y sale amansado a los pocos segundos. Un hilillo de humo prolongado, interminable, capaz de rasgar el velo de maya, con esa pausa, esa parsimonia, esa serenidad maléfica de actriz de cine negro en la época del blanco y negro, cuando la vida era blanco o negro y no esa paleta cromática infinitamente aburrida de grises y esperanzas rotas en que se ha convertido la nuestra.

 

Extras de Barcelona Minority World

La ciudad mentirosa

La ciudad mentirosaBarcelona Minority World debe muchas de sus especulaciones a este clásico que es ya La ciudad mentirosa. Fraude y miseria del “Modelo Barcelona” del antropólogo Manuel Delgado, que publicó en Libros de la Catarata en 2007. A esta tercera edición, que ha salido recientemente con este color de esmalte de uñas de la portada, se le añade en palabras del autor “una actualización que abarca hasta ahora, es decir hasta la actual restauración maragalliana y el gobierno chupiguai de Ada Colau, mediante el que Barcelona continua mintiendo”. Estos días lo estoy releyendo. Esto es lo que hay escrito en la contraportada: 

“Este libro es una larga carta de amor; desaforada, impaciente, exagerada —¿cómo sería una carta de amor “moderada”?—, acaso, como todas las cartas de amor —bien lo supo reconocer Pessoa—, más bien ridícula. Carta de amor a Barcelona, de amor despechado, pues ella, la amada, ha acabado en los brazos de quien poco la amaba y menos la merecía.” Así describe Manuel Delgado esta obra, un ensayo que constituye una apasionada y consistente reflexión sobre una de las ciudades más excitantes de Europa.

Barcelona se ha constituido en escenario de un fraude y de un fracaso. El fraude de la actuación de políticos y urbanistas que concibieron y emprendieron el “modelo Barcelona” a través de la promoción inmobiliaria, comercial y turística de la ciudad. Barcelona, explica el autor, es una top-model, una mujer que ha sido entrenada para permanecer atractiva y seductora, que se maquilla para después exhibirse o ser exhibida en la pasarela de las ciudades-fashion, lo más in en materia urbana. Ésa es la Barcelona-éxito, la que está de moda, como lo demuestra la fascinación que despierta en los turistas de todo el planeta que la visitan. Pero Barcelona es también modelo de otras cosas. Todos los procesos de transformación que ha experimentado la ciudad la han convertido ciertamente en modelo, pero en modelo de cómo una ciudad se concibe sólo como poder y como dinero, de espaldas a los problemas más acuciantes de sus habitantes y frente a la perspectiva de elevar los niveles de justicia y libertad. El fracaso de una ciudad que se levanta ciega ante las miserias que cobija, sordomuda ante las exclusiones que genera sin parar. Así, en lugar de la amable arcadia de civilidad y civismo en que debía haberse convertido Barcelona según lo planeado, lo que se mantiene a flote, en la superficie, a la vista de todos, son las pruebas de que la desigualdad, la exclusión, la anomia e incluso la violencia continúan siendo ingredientes consustanciales a la existencia de una gran ciudad capitalista”.

 

Humo de fábrica

 

Humo de Fábrica. Páginas libertarias se publicó por primera y última vez en 1918. Bajo el seudónimo de Gorkiano, Joan Salvat-Papasseit colaboraba con los “periódicos de izquierda” de la época. “Todos estos trabajos recogidos aquí son trabajos escritos contra la sociedad capitalista y los grandes defectos de esta España tan pobre y tan enferma. Sin duda son violentos: toda mi adolescencia se encuentra en estas páginas que ha pasado el lector. Son la rosa de fuego, son el clavel de sangre de mi espíritu”. Este texto que describe la salida del trabajo de los obreros de La Maquinista Terrestre y Marítima de la Barceloneta de principios de  siglo XX –en cuyo muelle del puerto había trabajado Salvat-Papasseit como vigilante nocturno–, está extraído de la edición de la editorial barcelonesa Libros de cordel, publicada en 1977.  

 

Vi la hórrida fachada y vi sus mártires. maquinista terrestre y maritimaY vi que poco a poco iban saliendo todos, con los semblantes tristes y cansados, y la cara arrugada y los ojos velados como por una lágrima muy honda que tarda a decidirse pero que siempre ahoga. El rictus de los labios de aquellos infelices ahora se iba ensanchando y curvándose más como un rostro simiesco. Y eran degenerados también, por la blasfemia, que les iba comiendo como el hambre asesino y el tosco trabajar. Lo producían todo y lo sufrían todo: Eran desheredados entre los demás hombres, o entre los demás tigres, que así puede decirse…

chimeneas la maquinistaLas largas y altas chimeneas humeaban aún; todos los que salían tenían el color de aquel humo bendito, de aquel humo maldito. A las veces, mirando, creí verles trepar y cabalgar sobre el enorme falo, que diría Junqueiro, y sus caras tenían, como en los vengadores de su vida y su honra, su verdadera honra, la terrible expresión de los que cuando mueren maldicen su morir.

Porque no era justicia, su morir. Porque no era justicia que la guardia civil celebrara excursiones por los alrededores de la fábrica, para llevarse a hermanos que luchaban por un poco de pan con dignidad, para su hogar más frío cuanto más producían. Obreros que volvían de la cárcel con el pulmón deshecho por la tisis. Y siempre era el más bueno, entre la masa enorme de desdichados buenos, aquel que se llevaban. Siempre era aquel hermano que se había parado a meditar ante el Cristo de Styka, el formidable Ecce-Homo de severa mirada plantado ante Pilatos el mal juez. Porque todos los buenos llevaban en su alma otro Cristo de Styka. ¡Pobre multitud gris!, recibía al caído llorando de emoción, y confiada siempre en otra hora lejana no divisada aún, pero en la que los hombres no fueron asesinos de los hombres. ¡Hasta que nuevamente otra pareja manchase el traje azul de una víctima nueva!

Salían lentamente de la fábrica y yo leí sus odios y sus buenos amores, su hambre y su miseria. Y así leí también que eran los productores, aquellos desdichados. Y me junté con ellos, porque su aspecto era de bondad y dulzura y porque son el símbolo, por este padecer, de la evolución firme y creadora.

obreros cuchillosMientras, las chimeneas humeantes dibujaban cabezas de rabias comprimidas y de angustias y de muertes: Era la gran visión de la terrible nube que traerá la lluvia, la tempestuosa lluvia que los libertará. La lluvia que es la masa que lo produce todo y carece de todo.

Aún me fui bendiciéndoles por aquella tragedia de sus vidas, porque los hará dueños de todos los destinos de la tierra: Cada uno que muera en la lucha sublime por un mejor mañana, producirá en su tumba a ras de tierra una rosa de fuego que consumirá un mundo de injusticias sociales.

Así sea.

La Barceloneta

 

“El primer gran núcleo turístico masivo fue la Barceloneta, atestada de guiris por ser un  viejo barrio marinero de antiguas tabernas de pescadores y callejuelas con el mar a sus pies. barceloneta3Su aire bohemio y romántico atraía a los turistas como moscas, tanto a los jóvenes más hipsters como a los más hooligans recién llegados en low cost de su natal Stockport de despedida de soltero o casado, soltados por mamá del norte en el patio de recreo del sur; hooligans descalzos y descamisados de asandiadas panzas y brazos tatuados que a las primeras bocanadas de brisa marina y zumo de cebada se arrancaban con cánticos futboleros en la primera terraza soleada de turno de la Barceloneta.

Por su largo  bulevar de palmeras tropicales y chicas en bikini en patines en línea, el paseo marítimo a mediodía parecía un eterno spot televisivo rodado en Malibú –no en vano las washingtonias robustas procedían de Baja California y la arena de la playa era traída en camión del puerto de El Balis (Maresme) –. Bendecido a la par por turistas bielorrusas de larga melena rubia en patinete motorizado hasta arriba de bolsas de Zara, H&M y Mango –antes rojas, ahora  bronceadas–, de pechos siliconados, minifaldas y  piernas de spinning en sandalias playeras a mediados de enero. barceloneta shakiraMuñecas rusas dentro de muñecas rusas dentro de muñecas rusas. Gafas de sol, sonrisas de carmín y melena al viento de anuncio de champú, sorteadas en zigzag por chavales en skateboard, tejanos caídos y remera holgada hasta las rodillas, zapatillas deportivas y gorra del revés haciendo piruetas y equilibrismo encima del monopatín sobre bancos, desniveles y escaleras grabándose a sí mismos con sus móviles en pleno slalom, frente a las terrazas abarrotadas a la una del mediodía de una tribu encorbatada de pieles blancas, cabellos arios y trajes italianos venidos del meeting point de una compañía alemana o finlandesa del congreso de telefonía móvil: los dos primeros botones de la camisa desabrochados, la chaqueta americana cuidadosamente colocada en el respaldo de la  silla, paella de marisco y vino blanco del penedés, asistiendo divertidos a la escena en que la manada de hooligans recién aterrizados de Stockport de despedida de soltero enfundados en camisetas con la foto sobreimpresa del festejado en el pecho –muñeca hinchable bajo el brazo– que después de las cervezas matutinas, cruzan el paseo marítimo en carrera desbocada hacia la  playa, se desnudan frente a la orilla espumosa de manchas aceitosas y corren en tromba hacia el agua entre gritos de júbilo. Y después del chapuzón entran en pelotas a los badulaques a por patatas fritas y más cerveza nacional aderezada más tarde con paella, sangría y sombreros mejicanos, tumbados ahora sobre la arena a la sombra del sombrero de mariachi sumidos en una prolongada siesta antes de la fiesta de despedida de soltero, ¿o era de casado?

Todo era buen rollo en aquel paraíso multicultural de tumbona y sirvientes, mojitos servidos a pie de tumbona, masajes orientales alineando chakras, el ying y el yang en perfecto equilibrio cósmico…
Todo genial en aquella Barceloneta ipanemizada, al menos para el turista playero. Hasta que la subida del nivel del mar años después en combinación con los seísmos provocados por los sondeos y extracciones de gas petróleo hicieron del mediterráneo un cantábrico desatado de olas tempestuosas que se masticó el suelo pavimentado del paseo marítimo arañado y agrietado, arrancado y engullido mar adentro, y regurgitado en su vaivén resacoso sobre bares, restaurantes y tiendas de la primera línea de edificios. Como si aquellas olas enormes quisieran vengarse de tanto surfista guay que las había vacilado a diario durante años con su tabla de fibra de vidrio, como si reclamara la atención de sus vecinos –poco dados a la vida marinera en los últimos tiempos, anclados tierra adentro reabsorbidos por las oportunidades comerciales que abría a destajo el caudaloso río turístico venido de lejos desbrozando calles y plazas hasta desembocar en la playa–, que  habían ignorado sus aullidos de agorero cascarrabias, sus continuas arritmias de viejo mar resacoso despertado sin aliento a medianoche en mitad de una de sus apneas, harto de tragar cemento, basura y arena del Maresme, abandonado como un abuelo en una residencia para la tercera y cuarta edad. Dejado de la mano de los dioses olímpicos de la especulación turística, exigiendo un trato más digno, había enviado en forma de advertencia la cólera de némesis para deshacer el litoral, rehacer el mundo, rescatar a la Barceloneta de su propio olvido haciendo emerger de nuevo la isla de Maians,  aquel diminuto islote de arena en forma de pulpo cuyas corrientes del norte habían acabado por moldear a una centenar de metros de la muralla de mar que delimitaba la olvidada línea de costa medieval de Barchinona. Tal vez el viejo mar reclamara en aquella ocasión la vuelta de su hijo pródigo, su isla de Maians, invocada por aquellas olas gigantescas que resquebrajaron el asfalto alquitranado que nos separa de nuestra oscura y húmeda memoria con aluminosis para recordarnos que bajo los  adoquines de Pla de Palau, de la Estación de Francia, resiste oculta la isla del tesoro, nuestra Lemuria, nuestra memoria olvidada, insepulta, donde se esconden soterrados todos nuestros miedos conjurados, todos nuestros deseos reprimidos.

(…) Aquella Barceloneta obrera de los infelices años veinte envuelta de humo de fábrica de La Maquinista Terrestre y Marítima –Vi la hórrida fachada y vi sus mártires…–, a pocos metros del muelle custodiado por chimeneas donde guardaba madera Joan Salvat-Papasseit, un vigilante nocturno, hijo de carbonero de barco y huérfano a los siete, que escribía versos poseído por el canto de las sirenas de los pesqueros flotando suspendidos sobre la niebla portuaria –vosaltres no sabeu/ què és/ guardar fusta al moll–, y que moriría a los treinta de tuberculosis. He fet un foc d´estelles dins la gola del llop. De las largas y altas chimeneas humeantes hoy solo una sigue en pie, a orillas de la calle –más rémora  museística que memoria encarnada de los viejos tiempos industriales–, en el paseo del homónimo poeta, una pequeña y anodina calle encasquetada entre la Ronda litoral y Andrea Doria que le impide desembocar a un mar en otros tiempos arracimado de tabernas y restaurantes en los que Amaya, la Capitana, bailaba entre el suelo y el cielo nacida del fuego entre los charcos de un barrio que olía a pescado podrido y mierda de caballo. Bendito y afortunado olvido, hasta bien entrados los gloriosos ochenta, el que había tenido sumido a su Port Vell la ciudad, que tantas veces se adentraba grosera y furtiva entre las empedradas callejuelas hendidas de baches hasta llegar al basural, donde se bajaba los pantalones y cagaba sus vergüenzas frente al mar, a escasos metros del antiguo hospital de infecciosos donde se trataba a los enfermos de viruela, tifus, poliomelitis o cólera, hoy hospital del mar, en pleno paseo, especializado en toxicomanías.

(…) Gloriosos años ochenta en los que se llevó a cabo la completa transformación y recalifición de los terrenos del Port Vell bajo un nuevo plan urbanístico. Una superficie metropolitana de más de cincuenta hectáreas en la que confluirían múltiples intereses empresariales –Port Vell siempre fue uno de los focos de inversión más codiciados por parte de los promotores– que atraerían a inversores en busca de sacar máximo rendimiento a los planeamientos urbanísticos previstos. Una oportunidad para que todos pudieran sacar tajada, incluido el gobierno, que debía ponerse de acuerdo con la entidad financiera que le exigía solidez y celeridad. Los vecinos del barrio desalojados allende la ciudad por una módica suma económica. El sueño olímpico empezaba a hacerse realidad. De aquellos barros estos lodos”.

 

Extras de Barcelona Minority World