Un habitar más fuerte que la metrópoli

 

“Entramos a partir de hoy en la era de la «metrópoli global integrada», megafundio planetario de la economía a la vez unificado y difuso, en el que lo único posible es la autoprolongación y la autointensificación esquizofrénicas de relaciones económicas de sufrimiento, carencia y soledad. Cuando no nos queda ya ninguna ciudad ni ningún campo, las reivindicaciones de un «derecho a la ciudad» o de un «irse al campo» quedan arrruinadas. Bajo la metrópoli, los humanos experimentan constantemente una destrucción de todo habitar. La «super-visión» con la que una élite de mánagers gestiona la realidad hace predominar a su vez un «extraterrismo» en los supervisados, que apenas sobrevuelan, «atraviesan» los territorios, sin establecer vínculo ni contacto afectivo, vital o espiritual con ellos. un habitar mas fuerteLo que nos ofertan los poderes  metropolitanos es finalmente hacer intercambiables, como el resto de las cosas en el sistema mercantil de equivalencia, todos los lugares que podrían guardar algún principio de habitabilidad: «A partir de ahora es posible vivir indistintamente, así se pretende, en Tokio o en Londres, en Singapur o en Nueva York, al tejer todas las metrópolis un mismo mundo en el que lo que importa es la movilidad y no ya el apego con un lugar. La identidad individual se realiza aquí como pass universal que asegura la posibilidad, sea donde sea, de conectarse con la subpoblación de sus semejantes. Una colección de übermetropolitanos arrastrados en una carrera permanente, de halls de aeropuertos a toilettes de Eurostar: ciertamente esto no conforma una sociedad, ni siquiera global (comité invisible, A nuestros amigos)”.  (…)

Vivir «a distancia» es el único modo de comportamiento aceptado bajo la metrópoli: es la experiencia del espectáculo, del turismo, de la visita al mall o a cualquier otra esfera donde el uso y la alteración sustancial de las cosas quedan cancelados por la interferencia de una vitrina. Con la arquitectura del mall y sus vitrinas transparentes, se borran de manera ficticia las fronteras entre afuera y adentro, radicalizando así la más demoniaca de las religiones: con fragmentos estériles que se reunifican separadamente como totalidad orgánica, el «espectáculo de la vida» acaba por convertirse en la vida del espectáculo. La metrópoli supervisa así un constante exilio interior: un desplazamiento entre el ser y el estar, un paso de la presencia a la mera representación. La vivienda, el trabajo, el entretenimiento, el gimnasio, el restaurante, todo se exhibe detrás de un cristal, ya no para comercializar productos  o servicios, sino experiencias, que en cuanto mercancías destruyen, sin embargo, la posibilidad de toda experiencia. Con respecto a los objetos del reino metropolitano de la separación sólo está permitido el consumo, es decir, modos exteriores de interacción mercantil útiles para aumentar y sacralizar las separaciones. Cada fotografía tomada por un turista refuerza así su imposibilidad de uso del mundo, de experimentarlo, de habitarlo; es su modo de denegación permanente lo que está ahí y de que él está ahí”.

Un habitar más fuerte que la metrópoli, Consejo nocturno. Pepitas, 2018, Logroño.

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El Día Eterno

Fragmento de El Día Eterno,  en Crónicas del Oscuro Porvenir. Año 2058. El mundo ha excluido la noche y los ciclos naturales de la Tierra. La luz artificial ha impuesto un nuevo orden mundial. La humanidad vive en interminables megalópolis permanentemente iluminadas por una potente infraestructura eléctrica, El  Día Eterno, alternado por bucles laborales y relajantes desactivados. 

 

“Doc se había apiadado de aquel desechable que ahora mismo hacía equilibrismos por la cornisa a punto de caer al vacío. «Escucha, escúchame: te  atiborran de psicotrópicos para que confundas lo que has visto de verdad con el viaje de alucine que te meten los implantes». Jam caminaba a su lado resacoso en un mar movedizo de coches. «Os llaman desechables: os desconfiguran, os dejan una identidad marginal y de patitas a la calle».

ciudad iluminada-A medida que se alejaban del tráfico intenso del centro financiero dejando atrás edificios giratorios, puentes tubulares, ascensores de levitación y aceras electromagnéticas, la Ciudad se endurecía. En los suburbios, edificios obsoletos, pavimento en mal estado, servicios anacrónicos y deficientes, fallos en el suministro eléctrico, montones de basura. Y muchas, muchas cámaras de seguimiento. El día eterno se había impuesto en todas partes pero no todos los distritos gozaban de las mismas ventajas. El día eterno en los suburbios parecía más bien un estado de excepción y el mero hecho de existir un motivo de sospecha.

«Escúchame, si me escuchas a lo mejor podrás salvarte».

Jam caminaba renqueante enfundado en su camisa floreada salpicada de vómito al igual que sus zapatos, mirándole a través de las gafas 3D que se torcían sobre su nariz. Doc no pudo evitar echarse unas risas a costa de aquel patético desechable drogado hasta las cejas que ahora volvía a vomitar sobre sus zapatos. «Antes dormías, ahora has despertado. Estar despierto es peor que estar dormido. Estar despierto es una putada pero si lo llevas bien sobrevivirás… En cuanto aterrices del viaje que te han metido los  jodementes te explicaré las cuatro cosas que te salvarán la vida».

Cruzaron los suburbios de camino hacia los muros invisibles subiendo por un sendero estrecho que atravesaba las colinas que rodeaban la ciudad. Desde lo alto contemplaron el tejido urbano iluminado por una potente infraestructura de focos que apuntaban sin tregua a aquel monstruo insomne. Era como un estadio de fútbol: la ciudad, el terreno de juego, y sus habitantes, medio jugadores medio espectadores, sin victoria ni derrota. Más allá de las colinas, el límite circundante que bordeaba con la nada, la mirada se perdía en una inmensidad custodiada por los muros invisibles.

2001 odiseaUn dispositivo de seguridad descargaba los miedos interiores para amedrentar a incautos y suicidas. Para salir de la ciudad, Doc se provocaba cortocircuitos en los implantes clave. «Piensa en aquello que más te duela», decía. «Atraviésate a ti mismo. En realidad, el muro invisible eres tú».

 

 

PANTALLAS

Pantallas es el primer relato de Crónicas del Oscuro Porvenir. Una reflexión sobre el mundo laboral en la sociedad informática. Una fábula kafkiana del siglo XXI.  

 

Tres millones de células de vidrio en tensión ultravioleta. Un mundo catódico de neón y xenón en tecnología XD. Un microuniverso pixelado de cincuenta pulgadas con procesador digital y scan progresivo. Tan solo hay que apretar un botón y el milagro se consuma.

El móvil apagado. El cable telefónico del fijo desenchufado. La pizza en el microondas cinco minutos a mil watios. Las persianas bajas. Las luces apagadas. Entre capítulo y capítulo de su sitcom favorita –un canal emitía toda la serie sin interrupciones–, una cerveza fresca. En un mundo de tecnología punta, el cielo es igual a pantalla de plasma más televisión por cable.

 

Lo recibió una chica morena, que no llegaría a los veinticinco, con una sonrisa profesional y un sofisticado aire de naturalidad. Tras estrecharle la mano enérgica, lo instó a acompañarle a su despacho: un cubículo de cuatro metros cuadrados. Héctor respondía a las preguntas de memoria. Con unas cuantas entrevistas a sus espaldas, había ido limando todo tipo de impurezas hasta encajar con el perfil ideal deseado por las empresas. La chica de Recursos Humanos asentía con interés y de vez en cuando tomaba notas. Llevaba un mes allí, según ella, y parecía que la empresa fuese suya. Utilizaba la primera persona del plural y aceptaba como propia cualquier decisión de la empresa por impopular que fuera. Pero a ella, evidentemente, le tocaba la peor parte. La dirección argumentaba mala planificación y gestión del material humano. Incluso a una ambiciosa futura directora de Recursos Humanos como aquella chica le chirriaba el concepto material humano utilizado por los jefes. Cuando acabó con las entrevistas de trabajo y hubo completado el proceso de selección y, por defecto, notificado la baja laboral a media plantilla, fue despedida como todos los demás.

 

En las pantallas de la estación salía el tipo que había arrojado al vendedor de cupones a la vía esposado y custodiado por dos policías de paisano. Era una cara normal, una como tantas esperando en el andén aquella mañana. Cuando el pitido del tren anunció su inminente llegada, Héctor miró instintivamente a sus espaldas por temor a que lo arrojasen a la vía. No se sintió orgulloso al hacerlo, pero desconfiar en ese mundo de locos era una medida de prevención de riesgos. Enlatados en el vagón en hora punta, Héctor prefería obviar la hostil realidad diaria enchufándose al iPod de 80 GB con capacidad para veinte mil canciones. En su primer día de trabajo asistió a la primera escena patética: la chica morena de Recursos Humanos, llorosa y con la mirada descorrida por el rímel, recogía sus pertenencias de su pequeño despacho. Al verlo hizo un esfuerzo por sonreír. La vida continúa, dijo con un acopio de aplomo. Le estrechó la mano, esta vez mustia y decaída, y le deseó suerte.

Durante los quince minutos de desayuno la nueva remesa de trabajadores de la multinacional inglesa se reunió en la cafetería de enfrente. Trajeados y encorbatados, rondando los treinta y con un común denominador: eran los triunfadores, los amos del mundo –o al menos eso creían–. Débora, la nueva chica de Recursos Humanos, una rubia vestida de americana y pantalón blanco era el contrapunto femenino sobre el negro masculino dominante. Interesada en simpatizar con todos –en la lucha competitiva había que contar con las máximas alianzas posibles–, Débora abordó a Héctor con la pregunta que él mismo llevaba haciéndose desde hacía mucho tiempo: por qué era informático. Podría haber respondido que un informático no tenía que hacerse el simpático ni esforzarse por caer bien. Podría haber respondido que bastaba con sentarse frente al ordenador y pasarse la jornada delante la pantalla. En lugar de eso se limitó a sonreír.

Un trabajador modélico, pensó el jefe de departamento. Un workaholic, como decían los anglosajones. Licenciado en Informática. Becado por la Computational Linguistics Group de Massachussets. Doctorado en nuevas tecnologías con una tesis sobre computación en la nube con apenas treinta años. O era un genio o un tarado mental.

Fondo de pantalla del día: una solitaria cabaña en el inmenso paisaje natural.

 

Un par de cervezas. Un curso de cocina japonesa. Una sesión de spinning seguida de mind body. Una sesión doble de cine oriental. Una tarde de  compra compulsiva. Un taller de risoterapia o de autoestima. Unas gotas refrescantes de ocio en la dura aridez cotidiana. A Héctor le bastaba con apretar el botón: plataforma digital con antena parabólica, oferta ilimitada de canales, televisión a la carta. El cielo cabía en una pantalla de cincuenta pulgadas. Acomodado en el sofá de cuero negro, aquella noche se sumergió en una sesión ininterrumpida de telecomedias.

Dos semanas después, empezaron los primeros rumores. No era normal que un tipo se pasase las ochos horas laborales pegado a la silla. El cubículo de mamparas transparentes creaba una sensación claustrofóbica insoportable. Era como estar metido en una pecera, comentaban en el desayuno. Sin embargo, Héctor parecía encontrarse como pez en el agua en aquella pecera de cuatro metros cuadrados. Hay que ir con cuidado con ese tío, decía uno. Es un trepa, un lameculos, decía otro. Igual es un topo de la empresa y nos vigila a todos, decía un tercero. Lo que estaba claro, por consenso general, era que su ritmo hiperactivo de trabajo ponía en evidencia la cadencia mediterránea de los demás. Así que urdieron un plan. Débora sería el cebo.

A la mañana siguiente, la llamativa rubia de Recursos Humanos que traía a todos de cabeza le propuso desayunar en la cafetería de la esquina. Estaba harta de esos niñatos vanidosos que solo sabían hablar de trajes de marca y motos acuáticas. Eran unos pijos y unos engreídos, dijo. Y con una sonrisa persuasiva le propuso escaparse juntos a la otra cafetería de la calle, donde podrían charlar tranquilamente lejos del chismorreo insustancial del grupo. Estoy ocupado, respondió sin mirarla a la cara.

De los primeros rumores pasaron a las primeras confirmaciones. A Débora nadie le decía que no a menos que fuese maricón, decían en la cafetería. De qué iba ese freaky informático con su prepotencia de mariquita y su doctorado de mierda. Desde su despacho, el jefe de departamento seguía divertido los acontecimientos como si de una obra de teatro se tratase. Ese tío es cojonudo, pensaba para sus adentros.

Fondo de pantalla del día: oleaje desatado de pequeños cristalitos espejeantes.

 

La vida como un videoclip. Una isla eterna y plácida en el vendaval del tiempo. Un orgasmo de olas espumosas. El brillo de la luna. El cielo estrellado.  ¿Existe el paraíso de uno mismo? El corazón palpitante. El sudor en la frente. La serpiente persiguiéndose en espirales de deseo. ¿Se puede vivir todavía la vida?

Había pasado ya el tiempo suficiente para que en el departamento se creasen las alianzas, fructificasen las jerarquías, se implantasen con rigor los métodos de dominación subliminal. Estaban los quince minutos de desayuno y luego la hora y media para comer. Tiempo suficiente para despotricar de los jefes, criticar la empresa, maldecir a sus anchas cualquier medida impopular. Volvían nuevos y obedientes. Así de fácil, se decía a sí mismo el jefe de departamento. Era fácil controlar a esos yuppies atados a una vida de consumo por encima de sus posibilidades.

No obstante, el jefe de departamento empezó a notar algo extraño. Desde su despacho tenía acceso directo a la actividad de todos los ordenadores. El de Héctor llevaba dos horas inactivo. Qué raro, pensó. El chico seguía pasándose sus diez horas diarias pegado a la pantalla. Además su rendimiento hasta el momento había sido sencillamente extraordinario, pese a su poca capacidad de integración en el equipo. En los dos últimos días el historial reciente de su ordenador registraba un descenso de actividad preocupante. A media mañana, aprovechando que media planta desayunaba, se acercó a su cubículo y asomó la cabeza con discreción. Ahí estaba sentado, desde las siete en punto, inmóvil frente al ordenador.

Fondo de pantalla del día: perfección esférica de un iglú en el vasto paisaje polar.

Un mal día lo tiene todo el mundo, pensó, y al momento sintió compasión por el chico, y eso le hizo sentirse bien. Él había sido como Héctor al principio. Había que ser ambicioso. Había que subir rápido sin quemarse por el camino. Lo llamaría a su despacho, sí. Lo llamaría y lo trataría con comprensión, incluso con más comprensión de la que se permitía normalmente.

Llevaba horas planeando la charla. Toda la mañana caminando de un lado a otro del despacho repitiéndose un convincente soliloquio paternal. Se gustaba a sí mismo gesticulando locuaz el monólogo imaginario con una sonrisa espontánea y guiñando el ojo a menudo en el reflejo de la mesa. Nada de discursos. Nada de sermones. Quería ofrecerle la mano. Decirle que tenía un compañero. Si se terciaba, incluso podían ser amigos. Contarle que también él pasaba por momentos malos de vez en cuando. El mundo era duro, a veces cruel. Por la diferencia de edad, pensó que podría ser su padre. El padre que espera la vuelta de su hijo pródigo. O su tío favorito. O su amante secreto.

Cuando Héctor entró por la puerta borró de su mente todos esos pensamientos estúpidos y lo invitó a sentarse. Disertaba inspirado desde su sofá al informático que lo miraba fijamente, igual que una vaca frente a un tren de mercancías, mientras hablaba sobre la amistad y el compañerismo, sobre formar parte de algo, sobre la vida y el trabajo. Cuando Héctor hubo salido de su despacho, se quedó con la vaga sensación de haber monologado durante veinte minutos sin sacarle una sola palabra a ese extraño inquilino de su departamento. Y con la impresión de haber quedado como un imbécil integral lo juzgó con severidad. Él abriéndole el corazón y la única respuesta obtenida: un silencio ofensivo. Ahora estaría riéndose a carcajadas, desde luego. Suerte que Héctor era un colgado de la vida y su entrevista no sería de dominio público, pensó.

 

Fue como un latigazo. Difícil de explicar. Como una revelación, pero sin Dios. Se vio a sí mismo traspasado por algo superior. Algo tan ajeno al mundo como un destello instantáneo de verdad. Se sintió ridículo en medio de la acera, trajeado, con el maletín y  las prisas por entrar a trabajar. Cada mañana, la misma rutina indolora, el paso banal del tiempo. Salía del metro. Andaba unos pasos. Cruzaba las puertas giratorias ignorando  ese vagabundo que a diario se entrometía entre los transeúntes pidiendo una moneda. Aquella mañana, cuando vio al vagabundo al pie del bordillo, a escasos metros de su trayecto diario, se desvió con disimulo de aquella manera que tenemos todos de ignorar amablemente a los que piden limosna. Solo pudo ver de reojo cómo se arrojó al asfalto y el crujido seco de huesos chirriando en sus oídos cuando el taxi lo embistió. La gente se arremolinó alrededor del cuerpo inerte. Oyó que alguien decía que estaba muerto. En cinco minutos llegó la ambulancia. Metieron el cuerpo dentro y desapareció. Segundos de estupor después la gente volvió a sus vidas. Y todo volvió a la normalidad, como si no hubiera sucedido nada. Fue como un latigazo. Como una revelación, pero sin Dios.

Al cruzar las puertas giratorias, todo sucedía con más lentitud de la normal. Sus pasos se hundían en el suelo pegajoso de la moqueta, como si la materia, la única certeza evidente, perdiera consistencia. Lo despertó el timbre del ascensor. Se abrieron las compuertas. La tediosa coreografía diaria acompañada por el tumulto de siempre dio lugar a un silencio en el que solo percibía sus propios latidos y el eco de sus pasos de camino al despacho. No reconocía las caras de sus compañeros, no entendía sus prisas, su propio despacho le era extraño. Se sentó y esperó, pero no supo qué.

La vecina de cubículo, la rubia cañón de Recursos Humanos que todos los compañeros querían tirarse, no estaba acostumbrada a que los hombres le dijesen que no. De ahí que se tomase la negativa de Héctor como una cuestión de honor personal y reafirmación de su inapelable poder de seducción puesto en duda por aquel imbécil. Aquella mañana, enfundada en una minifalda de vértigo y un escote pronunciado, se asomó a su cubículo.  Héctor la miró sin verla y continuó la lectura. Dostoyevsky, dijo frunciendo el ceño interrogativa. Sadomasoquismo, respondió Héctor. Se le aceleró el pulso sin saber qué decir, poco acostumbrada a la indiferencia masculina, y salió aturdida del cubículo. Dos días después, Héctor recibió un paquete vía mensajería. Se quedó mirando el látigo y el vibrador plateado que incluía el pack sin entender nada. Minutos después, recibió un mail. La rubia de Recursos Humanos le proponía una sesión de dominación-sumisión, una variante light de sadomasoquismo.

Fondo de pantalla del día: dunas del desierto en un horizonte de espejismos.

 

La ilimitada oferta de canales lo llevaba a unas sesiones frenéticas de zapping. No podía pensar con claridad. Incapaz de liberarse de la imagen del vagabundo bajo las ruedas del taxi. Aquel ser que había ignorado a diario. Aquella piltrafa humana indigna de su atención. Llevaba días sin poder dormir. Pronto dejó de ver los telediarios. Pronto dejó de leer los periódicos y conectarse a internet. Empezó a ignorar cuanto sucedía en el mundo. Una construcción espectacular de las noticias, una dosis diaria de redención humana. La actualidad era el camello. El mundo había explotado en sus narices y ni siquiera había vertido una sola lágrima. Demasiado tiempo seco. Demasiado tiempo muerto. Y eso le dolió, pero sin dolerle ya. El dolor se había convertido en una idea, un asunto de intelectuales. Pensó el dolor todo el día, pero fue incapaz de sentirlo.

Se empezó a presentar a la oficina despeinado y con ojeras, el traje arrugado y la camisa manchada de whisky. Deberías salir menos, le aconsejaban con sorna sus compañeros de trabajo. Héctor no recordaba la última vez que salió de copas. Fue la noche de despedida de casado. Lo emborracharon con gintonics y recuerdos de juergas universitarias. Aquellos maravillosos años, así lo llamaban sus amigos. Luego la guinda de la noche: una stripper, modelo escort, morena con cuerpo de gimnasio, restregándose con furia contra el homenajeado atado convenientemente a la silla. Luego más gintonics en la discoteca de moda, apretujados, ebrios de eternidad. Tambaleante, a las seis de la madrugada, cayó desplomado sobre la cama.

El jefe de departamento llamó a Héctor a su despacho. Llevaba días planeando la emboscada. Le tenía preparado un discurso sin paliativos. Nada de tonterías paternalistas. Nada de estúpidas ensoñaciones. Por algo era el jefe. Le pediría explicaciones sobre su bajo rendimiento. Le informaría de las condiciones de su contrato y de qué sucedería si su actitud no cambiase de inmediato. Compromiso era la palabra clave. Flexibilidad era la palabra clave. Espíritu de equipo era la palabra clave.

 

El dedo índice cambiaba de un canal a otro una y otra vez. Ni siquiera se había quitado el traje de oficina. Las retinas apenas reaccionaban a los estímulos visuales. Podía pasarse horas tirado en el sofá con la misma sensación. Doscientos, trescientos canales a su disposición. La misma mierda de siempre. El mundo colonizado por la banalidad  humana en forma de explotación audiovisual de estereotipos.

Dicen que el mundo no existe, que aquello que llamamos mundo no es más que el contacto neuronal a partir de recuerdos y conexiones sinápticas entre recuerdos. A Héctor todo le recordaba a Elena. Un capítulo de su sitcom favorita, una película de David Lynch, un documental sobre París, un video clip de los Radiohead. Por higiene mental solo se permitió las cartas de ajuste que volvían a estar de moda. Se acomodó en el sofá iluminado por el fuego intenso de la pantalla, el relajante crepitar de una hoguera que emitía un canal alemán ocho horas ininterrumpidas. Una sensación de bienestar llenaba sus venas de amnesia. Otras noches, la pantalla se convertía en una pecera. Héctor se sumergía en las profundidades del océano, rodeado de corales y plantas exóticas y peces tropicales. El mar cabía en una pantalla de plasma de cincuenta pulgadas. Un dulce naufragio en tecnología XD.

 

Por más vueltas que le diese el jefe de departamento no podía creérselo. Tres días sin venir a trabajar y ni una sola excusa. Al cuarto día, Héctor salió del ascensor, cruzó la planta y se encerró en su cubículo sin decir nada a nadie. Su jefe repasó el historial reciente de su ordenador: inactivo. Se asomó a su cubículo: inactivo. Pensó en su futuro: inactivo. Dormitaba encima del teclado, descamisado, apestando a alcohol, con el pelo que parecía una alcachofa. Quién era ese tipo. Quién demonios se había pensado que era. Pasaría al ataque directo. Le daría un ultimátum. La última oportunidad. Y luego a la puta calle. A última hora de la tarde, cuando quiso afrontar el tema cara a cara, Héctor ya se había esfumado.

El informe que encargó a la chica de Recursos Humanos no hizo más que confirmar la opinión que tenía sobre Héctor Méndez. Se apoyaría en ese informe negativo para propiciarle una salida discreta. Es más, le pediría a la directora de Recursos Humanos que fuese ella quien se encargarse personalmente de comunicarle la rescisión del contrato. Los jefes no tenían por qué ensuciarse las manos con esas minucias. Los jefes estaban por encima de todo eso.

 

Puestas de sol en Tahití. Paisajes nevados de las Montañas Rocosas. Viajes en globo siguiendo el Amazonas. Mares agitados. Mares en calma acompañados de una melodía suave y relajante. Las cartas de ajuste eran un mundo por descubrir.  Héctor se pasaba las noches frente a esas emisiones nocturnas ininterrumpidas bebiendo whisky en copas de champán. Pero no tardó mucho en cansarse también de las cartas de ajuste, el último reducto del acto contemplativo. Definitivamente, el mundo se había convertido en un espectáculo mediocre, una mala película de serie B, y la televisión bordeaba el encefalograma plano.

 

La puerta de acceso no aceptaba su acreditación. El pitido y la luz roja le denegaban una y otra vez el paso. Pero Héctor insistía. Tuvo que ser la directora de Recursos Humanos en persona quien le impidiese la entrada. Por primera vez, le pareció que la mirada de Héctor escondía algo más que fría indiferencia. En un repentino ataque de culpabilidad, Débora corrió tras Héctor parado en el semáforo en rojo al otro lado de la calle. Lo detuvo en mitad de la acera con lágrimas en los ojos y una expresión suplicante. Héctor la miró aturdido. El semáforo se puso en verde.

 

Llevaba tiempo sin sentir la vida. Sin amar la vida. Sin sufrir la vida. Era la primera vez desde hacía mucho tiempo que no tenía nada que hacer y el hecho de no tener nada qué hacer lo hacía sentirse extrañamente bien. Se sentía liberado, pero hacia dónde lo llevaría ese sentimiento. El sol doraba su piel. El viento aireaba su cabello. Se pasó la tarde paseando sin rumbo fijo redescubriendo sensaciones estancadas, evocando sentimientos olvidados. Cuando llegó a casa abordó el armario de Elena, que todavía no se había dignado a vaciar del todo, sacó toda su ropa y la acumuló en forma de pira en la terraza y le pegó fuego. Se quedó ahí mirando cómo ardía su ropa interior, sus zapatos de tacón, sus blusas, sus faldas… Luego sacó la pantalla de plasma de cincuenta pulgadas y la roció de alcohol y le prendió fuego. La televisión ardía mal, así que cogió un par de macetas y las estampó contra esa maldita pantalla de cincuenta pulgadas. Descamisado, respirando exhausto, se sentó en el suelo, apoyado contra la pared, y cerró los ojos para dejarse dorar por los últimos rayos de sol. Algo parecido a la promesa de una felicidad presentida iluminó su rostro.

 

El mundo seguía igual. Los despertadores sonaban a la misma hora. Colas a la salida de la ciudad, colas a la entrada de la ciudad. Los trabajadores seguían yendo a sus lugares de trabajo. Las fotocopiadoras seguían fotocopiando documentos importantes. Los telediarios seguían con las noticias de siempre. Los pobres seguían siendo pobres. Los ricos seguían siendo ricos. Los que no eran ni ricos ni pobres seguían siendo ni ricos ni pobres. El Apocalipsis nunca llegaría. Y en el caso de que llegase el mundo no se enteraría.

Un año después, Débora fue ascendida a directora de Recursos Humanos. Fueron meses difíciles. La empresa decidió liquidar media plantilla alegando mala planificación y  gestión del material humano. Y evidentemente tenía que ser ella, como recién ascendida a directora, la encargada de gestionar la rescisión de los contratos de quienes habían sido sus compañeros durante todo un año.

Aquella mañana, la directora de Recursos Humanos salió de su cabriolet aparcado en el parking privado de la empresa. Su rostro denotaba seriedad. En sus labios ya no afloraba esa dulce sonrisa irresistible. Con un traje impecable y el pelo recogido, se dirigía hacia las puertas giratorias de acceso al edificio, pero a escasos metros un vagabundo se interpuso en su camino. Absorbida en sus preocupaciones pasó de largo. Pero luego se detuvo, con el corazón en un puño, y se giró con la boca abierta. Era Héctor. Apenas reconocible debajo de una barba larga y canosa, el pelo largo, y un vestido harapiento. Héctor no le dijo nada. En sus ojos brillaba lo desconocido. Bastó con que le tendiese el brazo con la mano abierta. Débora no pudo pensar, no quiso elegir. Simplemente se dejó llevar.

 

Acte de violència

 

«És molt senzill: quedeu-vos tots a casa.» Aquesta consigna anònima ha estat capaç de contagiar tota una ciutat. Els carrers es buiden. La paràlisi s’estén. Gairebé ningú no va a treballar. El transport, les botigues i les fàbriques cessen les activitats. Un alçament col·lectiu sembla possible sense vessament de sang.

Pedrolo.jpgNarrada amb la força i l’astúcia d’una de les veus cabdals de la literatura catalana del segle XX, Acte de violència ens situa davant d’un poderós interrogant: què passaria si suméssim forces en una vaga col·lectiva i indefinida? La resposta és un dels llibres més representatius i celebrats de Manuel de Pedrolo. Una novel·la en què aquest aspirant a utopies ens parla de resistència i opressió, de solidaritat i violència, d’implicació i indiferència. Un autèntic clàssic escrit en ple franquisme, guanyador de la primera edició del premi Prudenci Bertrana i censurat fins a la mort del dictador. Però que continua sent d’una esfereïdora actualitat.

Barcelona Minority World

 

“Los furgones blindados alineados al otro lado de la verja y el despliegue de mossos circundando el parque me hacen ver que no, que no estoy ni intoxicado ni soñando. Un delegado de las gobernanzas ha entrado de nuevo en el parque para reclamar un representante. No hay representantes, le dice alguien, aquí cada uno se representa a sí mismo. El delegado se vuelve con las manos vacías a los furgones, no sin antes advertir una vez más que de persistir en nuestra ocupación ilegal del espacio público se procederá a identificar y detener, si hiciera falta, a todos los allí congregados.
– ¿Y a santo de qué? ¡Es un parque público!
– ¡Pues os va a llevar un rato la identificación!
Metro y autobús llevan ya dos días paralizados, interrumpiendo la movilidad ciudadana, que no el movimiento. Parece como si media ciudad hubiera salido de su letargo tras décadas de impostada obediencia y de sumisión por imperativo económico.
portada2La marea de gente desemboca de forma natural en el parque, epicentro de efervescencia colectiva. Hay tanta gente que las autoridades empiezan a dudar del fundamento de su autoridad. El cinturón de seguridad se refuerza alrededor del Consejo y por miedo a una avalancha se plantean cerrarlo. Pero nada podrán hacer hoy: no se pudo impedir la llegada de la multitud y no podrán por el momento disolverla, cuando menos en sábado. Se percibe un runrún inquietante, un agüero a medio descifrar. Hoy la gente no obedece al orden de siempre.
El parque de la Ciutadella siempre ha sido un lugar extraño entre el poder y el pueblo de Barcelona. Erigido hace tres siglos para sepultar el recuerdo de la antigua ciudadela, hoy luce más extraño que nunca. Y aquí estamos de nuevo, tres siglos después, sin pensar en más derribos ni conmemoraciones espectrales.
–Y dentro de tres siglos –digo yo– ¿qué será esto, un complejo arqueológico, museístico y palacio de congresos de la Federación Estelar de la Vía Láctea, la exposición universal de verdad?
–Dentro de tres siglos el planeta ya se habrá librado de la especie humana con una pandemia viral cualquiera, la gripe definitiva –responde Lorena–. Lo que veo aquí es el ancho mar. Te recuerdo la anécdota del actual deshielo polar. Ya casi oigo a las langostas y lenguados abriéndose paso sobre el asfalto submarino”.

 

Buñuel despierta

 

¿Os imagináis que Buñuel despierta de entre los muertos veinticinco años después para ver en lo que se ha convertido el mundo? Es lo que plantea la novela de Jean-Claude Carrière, publicada por Oportet Editores en 2016. Una lectura muy recomendable. Ahí va una breve selección de fragmentos significativos. 

“Pasamos a toda velocidad por la tierra, y no tenemos nada más que una idea: luchar contra el muro enorme, ya sabes, el muro enorme de la nada, cuya altura, longitud y consistencia no tienen límites, ese muro que nos rodea, del que venimos y hacia el que vamos. Quisiéramos agujerearlo, escalarlo, ver a través de él, ponemos nuestras insignificantes escalas, lanzamos nuestras balas de cañón, nuestros ganchos. Nada que hacer. El mundo es inatacable, deslizante, móvil, se renueva. Ni una brecha. Se alza más allá de nuestra vista, de nuestro pensamiento, para perderse entre las nieblas de las grandes alturas. Nos obstinamos, nos agotamos, a golpe de ambiciones, de pretensiones, de trances, de conjuros, de predicaciones, de gigantescas ensoñaciones sobre la vida eterna, la metempsicosis, la reencarnación, la vida de los espíritus y tantas cosas más. Nos precipitamos, a menudo con el arma en la mano, en vértigos invisibles, en torbellinos de fantasmas. Miserable y frívolo combate. Perdido de antemano. La nada es la nada”. (Pág. 88-89)

“Ríe de nuevo, más fuerte. Ríe brevemente, pero con ganas, él que antaño repetía que un día sin reír era un día perdido.

La risa, prueba de vida. Esa risa violenta que con tanta frecuencia estalló en mi presencia, una risa que enseña los dientes, que entrecorta la respiración y que no he olvidado. Hasta llorar de risa, a veces”. (Pág.33)

“–Sí, nada más. Si, además, tuviéramos que trabajar todos los días, duramente, sin ningún final asegurado, ¡menuda pesadilla! ¡Ir a la fábrica, a la oficina, y hacer huelga eternamente! No deteriorarse, no envejecer, ¡menuda anomalía, menuda angustia! No tendríamos ningún sentimiento, ninguna emoción, no tendríamos ningún sentido de lo trágico, ni del tiempo, del principio ni del fin. Nada nos diferenciaría de una piedra en el camino. Querido, toda belleza viene de la muerte. Ella es la primera y la última referencia, el árbitro soberano, la emoción suprema, aquello sin lo cual no seríamos. Porque no podemos concebirnos como seres vivos inmutables. (…) Tener miedo de la muerte es absurdo. La vida es la que resulta aterradora. (…)

–… Ya nada tiene sentido. Lo mires por donde lo mires. Ya no hay deseos, ni nostalgias, ni alegría, ni pena, ni desgracia, ni bienestar. La muerte lo ocupaba todo. Es autosuficiente y soberana. No se comenta ni se discute. (…) Perdura hace cientos de millones de años y perdurará mucho tiempo aún, hasta el final definitivo de los mundos. E incluso entonces no desaparecerá. Es inmortal. (…)  

–…  La muerte está en el fondo de nosotros mismos, la llevamos como un bebé. Sí, toda nuestra actividad, todo nuestro pensamiento se apoyan constantemente sobre ella. La muerte es perfecta. No hay nada que retocar. Es la acción suprema, la sustancia de nuestra vida. Durante toda la vida estamos muertos–. Su voz se hace más lenta, se debilita, tengo que inclinarme sobre su boca–. No tenemos nada más profundo, nada más incomparable, nada, tampoco, que esté mejor repartido… En nuestra perpetua inspiración, nuestra solidad, lo que nos une, nuestro vínculo, nuestra contraseña. Todo lo que hemos estado  buscando por todas partes, siempre, es ella”. (Pág. 300–301)

“No ahogarse en la lista de los sucesos que mañana volverán al olvido, como el atentado de la bomba, en otro tiempo, contra el Sacré-Coeur de Montmartre, o como el volcán de Islandia, más cerca de nosotros. Resistir a la tentación, a la seducción de los gestos y acciones del día, de la espuma. No abrir el periódico, no escuchar la radio ni la  televisión. Y hoy, naturalmente, Internet, inmenso río de trepidación y de olvido. Gracias a él nos hemos convertido en dueños del acontecimiento,  podemos anunciar cualquier cosa, rehacer todos los días el mundo o deshacerlo. Inventar amigos, traicionarlos y perderlos. Dentro de poco, matarlos, quizás.

Los sucesos del día y las garantías de mañana: ningún interés. Y aún más: ninguna realidad hoy en día. Los sucesos probablemente nos enmascaran lo real. Lo que importa, en el fondo, es lo que no pasa, o en cualquier caso lo que no se ve, lo que no se dice, el movimiento cada vez más invisible de las cosas y quizás también de los seres, nuestra imperceptible y constante metamorfosis”. (Pág.283-284).

 

Barcelona Minority World

 

Víctor Martí sobrevive en su deriva vital como profesor sustituto. En su trayecto diario en cercanías conocerá a Lorena con quien se abrirá paso a machete en una Barcelona futurista y decadente, deslumbrante y apocalíptica. Barcelona Minority World es su corazón. El vientre de la bestia. Uno de los parques temáticos más renombrados y rentables en el ranking europeo de minorías. Hasta que estalla la burbuja turística poniendo patas arriba toda la ciudad.

“Barcelona Minority World es una distopía sobre la Barcelona de un futuro inmediato donde el nivel del mar ha subido, la Sagrada Familia ha sido extirpada de la ciudad y esta se ha convertido en un escaparate demasiado grande, demasiado real, demasiado tóxico para los habitantes de la capital catalana. Una historia de amor, un cielo encapotado perpetuamente, un grupo de amigos que no consiguen escapar de su propia realidad; todo ello conforma la estructura de un libro indispensable para todo ciudadano barcelonés y para todo aquel que le interesen las distopías y una sorprendente postal contada con un estilo directo y punzante, divertido y académico, hermoso y a la vez duro. Barcelona Minority World es una bomba de relojería a punto de estallar”.

“Barcelona Minority World constituye una curiosa fábula sobre lo que ocurre cuando los poderes fácticos requieren una ciudad a modo de marca, cuando el cambio climático ha cambiado la dirección que marca el dedo de la estatua de Cristóbal Colón o cuando el amor se rompe debido a la distancia y a los sueños fundidos. El libro es un claro ejemplo sobre el poder y la ciudadanía contado en forma de love story en el tren de cercanías de Barcelona”.

Textos de Ricard Millàs, editor de Sven Jorgensen.

Novela disponible en los siguientes puntos de venta: Gigamesh, Chronos, Nollegiu, Sons of Gutenberg, La Font de Mimir, Fatbottom.

 

 

Enlaces, en este mismo blog, a textos sobre la novela:

https://barcelonaminorityworld.wordpress.com/2017/03/20/multiverso/

https://barcelonaminorityworld.wordpress.com/2017/03/28/minorias/

https://barcelonaminorityworld.wordpress.com/2017/04/20/de-pubilles-i-bacants/

https://barcelonaminorityworld.wordpress.com/2017/04/06/regreso-al-futuro/